Cuando era pequeña soñaba con ser buceadora. Quería navegar por todo el mundo rescatando tesoros de barcos hundidos y descubriendo riquezas ocultas entre mástiles, escotillas y mamparos sumergidos. Ni siquiera me los quería quedar, sólo descubrirlos para el bien de la Humanidad. Y para divertirme, claro.

Descubridora de tesoros. Sonaba bien. Muy bien.

Foto: Gareth Weeks

Foto: Gareth Weeks

¿Qué pasó con ese sueño?  Que se transformó.

De los documentales de Cousteau pasé a las páginas de los periódicos, a las prisas de la radio y a contar en primera línea de fuego lo que acontecía en la ciudad donde trabajaba como redactora y presentadora en la emisora local.  Después, me trasladé al otro lado del micro para preparar a quienes se exponen a

los periodistas, les ayudaba a preparar sus mensajes y contarlos de manera que calaran primero en los periodistas y después en la sociedad.

Ahora soy consciente de que fue una época donde aprendí a bucear. A meterme en el interior de las personas para buscar aquello que las hace únicas y diferentes, el “titular”, en definitiva. Fue una época en la cual entrevisté a muchos empresarios de gran éxito y en todos, absolutamente todos los casos, me maravillaba que en un momento de sus vidas se habían encontrado en una encrucijada y tomaron la decisión que les dictaba el corazón, no los números. Aprendí cuánto les habían ayudado sus valores como guía en situaciones de conflicto.

Años después, me dedico a la formación de empresarios y profesionales para ayudarles a comunicar su valor, su diferencia, su singularidad. Porque si no lo comunican, simplemente, no existe para el mercado.

Buceo en ellos y busco ese tesoro que les convierte en especiales, que les hace valiosos, hago que sean conscientes de la riqueza única que llevan dentro y después les ayudo a transmitirla por doquier.

¿Y por qué he transformado ese sueño? Te invito a leer “La educación inteligente” de Bernabé Tierno, que se inicia con la siguiente frase de André Maurois.

“El primer deber del hombre es desarrollar todo lo que posee, todo aquello en que él mismo puede convertirse”

Y para esto, sencillamente no hay edad.