Domingo, 29 de marzo. Hoy estoy triste. De bajón. Hoy toca limpiar la casa y organizar la «cuadrilla» de limpieza que se pone a ello tras varios avisos y sin excesivo entusiasmo. El caso es que lo hacen y de agradecer, con las lógicas dudas de «mamá, ¿esto se lava?», «¿cómo se quita esto?», «¿el qué?», «es que no sé cómo se llama?». Y ahí va tutorial práctico de sábana bajera, cobertor y almohada. Tampoco es que a mí me inspire especialmente limpiar los baños, cambiar sábanas, poner lavadoras, tender, barrer y fregar el suelo.

Al final, vendrá bien y todo hacer limpieza para valorar el trabajo de tantas y tantas mujeres al cabo de tantos y tantos años. Pienso en otras grandes heroínas de esta crisis: las mujeres (y hombres) de la limpieza en centros sanitarios, supermercados, instalaciones civiles, etc.

Recuerdo los consejos de la psiquiatra Victoria Soler del viernes anterior para combatir los momentos de tristeza: compartirlos, verbalizarlos, aceptarlos y si son muy recurrentes ocupar la mente con otras cosas.

Menos mal que me quedan mis vecinos y la música para la hora del aperitivo que algo me anima. El cuerpo, siempre el cuerpo y la voz salen al rescate del alma cuando la mente no es suficiente.

Y canto en el balcón con las lágrimas rodando por las mejillas la canción por la que recordaremos esta crisis y que nos da esperanza. Es de Lucía Gil.

Mañana más. Y seguramente, mejor.