Ayer viernes, 13 de marzo,  fue el primer día en que sentí miedo. Miedo de verdad, cuando vi a un Pedro Sánchez pálido y rígido declarar el estado de alarma en el país. Hasta entonces, la semana había sido extraña. El lunes me iba a Bilbao a impartir una formación hasta el jueves y el viernes como asistente a un evento de motivación y liderazgo en Madrid. A los dos principales focos hasta entonces en España, vamos. El lunes a mediodía, justo antes de coger el avión anularon el curso. Enfado e impotencia al principio y ahora alivio. Nada hacía presagiar el devenir tan rápido de acontecimientos.

Con estos artículos solo quiero relatar para el recuerdo estos días de incertidumbre.  Cuando la emergencia sanitaria pase y todo vuelva a la normalidad, me gustará leer estas líneas y recordar el día a día en que el COVID-19 cambió para siempre nuestras vidas.

Cuando en diciembre tuvimos noticia del virus en China parecía algo muy lejano, “cosas de chinos” y jamás pensamos que podía llegar a pandemia.  Hasta el viernes 13, al menos yo, tuve la sensación de que con lavarse las manos, protegerse al toser o estornudar y avisar si tenías determinados síntomas, te habías relacionado con alguien infectado o habías viajado a determinados lugares era suficiente.

La semana en que nos dimos cuenta de la extrema gravedad de la situación fue más o menos así:

Lunes 9 marzo: Los diarios se hacían eco del estado de shock de los italianos, al aislar el norte del país, el motor económico de Italia, poniendo en cuarentena a 16 millones de personas.

Fuente: El País.

Martes 10 marzo: Madrid y Vitoria cierran las aulas ante el avance del coronavirus y las bolsas viven un inicio de semana negro. En Italia el confinamiento se extiende a todo el país y a todos los negocios, excepto los de primera necesidad.

Fuente:  Europa Press.

Miércoles 11 marzo: La OMS declara el coronavirus una pandemia. Se aplazan las Fallas de Valencia y la Magdalena de Castellón. La preocupación crece y empezamos a tener una mayor conciencia sobre la viralidad del problema. Sin fútbol y sin fallas…

Fuente: El País

Jueves 12 marzo: Trump suspende durante 30 días los vuelos entre Estados Unidos y Europa. Las clases se suspenden en Cataluña, País Vasco, La Rioja y Murcia. En la Comunidad Valenciana a partir del lunes. En medios no oficiales y redes sociales ya se empiezan a escuchar rumores sobre el cierre de Madrid y corren imágenes de estanterías vacías en Mercadona.  Los ciudadanos empiezan a hacer acopio de alimentos. Fuente: Facebook Javier Muñoz.

Y llega el viernes 13 (¿casualidad?).  El presidente del gobierno anuncia el estado de alarma, en una serie de medidas que se concretarían al día siguiente.  Al margen de que el nombre “Estado de alarma” ya sea suficiente como para ponerse nervioso, el hecho de que no explicara muy bien qué alcance tenía y que utilizara palabras como “muy duro”, “difícil” creo que fue lo que hizo que millones de españoles nos diéramos cuenta de que con lavarse las manos y avisar si tenías determinados síntomas no era suficiente. Hasta ese momento, al menos yo, lo entendía así. Fuente: RTVE

Mi reacción:

Ante la previsión de tener que estar 15 días en casa mi primera reacción fue ir a la nevera, a la despensa y calcular para cuántos días teníamos comida. En el garaje me cruzo con dos vecinas también con bolsas de la compra y con prisas. Directa al supermercado de mi barrio. En la carnicería –de normal a esas horas vacía- guardé cola durante casi una hora y reconozco que, en general, compré un 20% más de lo habitual. Medio carrito de la compra, de los de tela. A mi lado, carros de metal abarrotados de todo tipo de alimentos. Lo más buscado, la harina, la carne y el pan.

Mientras espero en la caja, me planteo si yo fuera la responsable de Comunicación de Moncloa cómo habría planteado la estrategia de crisis. Lo más difícil en estas situaciones es el control de tiempos, información y acontecimientos.

Por la noche di un paseo con mi marido con plena conciencia de que sería el último que podríamos dar en mucho tiempo. Cuando pasamos por el Mercadona frente al Puerta de Alicante vimos las estanterías de la carne totalmente vacías, así como las del pan y bollería.

La sensación era –y sigue siendo- muy extraña. Como estar viviendo una serie de ficción donde los protagonistas de alguna manera somos nosotros y con imágenes que nunca en mi vida pensé que vería. Y, al igual que en las series de la tele, la sensación de que no todo iba tan bien como me iban contando. El jefe de epidemiología del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón, es un profesional que me merece toda confianza por cómo habla y se comunica, con calma y seguridad.

Sin embargo, hay algo que falla en esta ecuación. Algo que no nos están contando o que no nos habían querido contar por miedo a que se desatara el pánico.

Me acuesto y doy gracias por tener comida en mi plato todos los días.